Autoengaño: Cuando dos verdades no pueden encontrarse

Una aproximación desde la psicoterapia psicoanalítica y la perspectiva cognitivo-conductual

Lilián Suárez Bengoa

9/21/20267 min read

Introducción

Todos conocemos el autoengaño en alguna de sus formas. Sabemos que una relación no funciona, pero seguimos pensando que “en el fondo me quiere”. Reconocemos que alguien nos ha decepcionado, pero encontramos rápidamente razones para justificarlo. Percibimos que una determinada situación nos hace daño, pero conseguimos explicárnosla de manera que podamos continuar sosteniéndola. Decimos entonces que la persona “se engaña a sí misma”. Sin embargo, esta expresión encierra una paradoja: ¿cómo puede alguien engañarse a sí mismo si no está intentando engañar a nadie? El autoengaño no parece ser necesariamente una mentira consciente. Muchas veces la persona cree sinceramente aquello que afirma. Y precisamente por eso resulta psicológicamente interesante. Podemos pensar el autoengaño como una modalidad particular de construcción y mantenimiento de una representación subjetiva de la realidad. En ella intervienen necesidades afectivas, motivaciones, defensas y procesos cognitivos que pueden hacer que determinados aspectos de la experiencia sean minimizados, reinterpretados, desatendidos o mantenidos fuera de una integración más amplia.

Una representación subjetiva de la realidad

No tenemos acceso directo a una realidad completamente objetiva. Percibimos, seleccionamos, interpretamos y otorgamos significado a nuestra experiencia. La realidad que experimentamos está, por tanto, mediada por nuestras representaciones. Esto no significa que toda representación subjetiva sea un autoengaño. La subjetividad es una condición normal de la experiencia humana. El problema aparece cuando la necesidad de preservar determinada representación comienza a influir de manera significativa en aquello que podemos reconocer, recordar, interpretar o integrar. Una persona puede saber que su pareja le ha sido infiel y, al mismo tiempo, mantener firmemente la representación de que “es una persona que me quiere y me respeta”. No necesariamente está mintiendo. Puede incluso reconocer el hecho de la infidelidad. Lo que quizá no puede integrar es lo que ese hecho significa para la representación que tiene de su pareja y de su relación. Aquí aparece una distinción fundamental: El autoengaño no consiste necesariamente en desconocer un hecho, sino en no poder otorgarle plenamente el significado que tendría dentro de la propia representación de la realidad.

¿Es el autoengaño un mecanismo de defensa?

Desde una perspectiva psicoanalítica, resulta tentador considerarlo una defensa. Sin embargo, parece más preciso pensar que el autoengaño es un fenómeno más amplio que puede servirse de distintos mecanismos defensivos. La negación, la racionalización, la escisión, la idealización o la minimización pueden participar en su construcción. Pero autoengaño y defensa no son sinónimos. La diferencia resulta importante porque en el autoengaño no necesariamente existe una operación consciente del tipo: “Sé que esto es verdad, pero voy a convencerme de que no lo es”. Esta concepción haría del sujeto una especie de engañador y engañado simultáneamente. Una parte importante de la literatura sobre autoengaño ha cuestionado precisamente esa idea. Alfred Mele, por ejemplo, sostiene que no es necesario concebir el autoengaño como una acción intencional semejante al engaño interpersonal; propone prestar atención a cómo motivaciones y emociones pueden sesgar la valoración de la evidencia sin que la persona tenga conciencia de ese proceso.

Dos representaciones pueden coexistir

Aquí aparece, quizá, uno de los aspectos más interesantes del fenómeno. En muchas situaciones parece que existen dos representaciones de la realidad que pueden ser incluso contradictorias y, sin embargo, coexistir. Por ejemplo: “Mi pareja me quiere.” y: “Mi pareja me hace daño.” Ambas pueden ser verdaderas. El problema no está necesariamente en que una tenga que desaparecer para que la otra pueda existir. Una mayor integración permitiría construir algo más complejo: “Mi pareja me quiere y, al mismo tiempo, hay aspectos de su manera de relacionarse conmigo que me hacen daño.” Esta tercera representación resulta psicológicamente más compleja porque permite sostener la ambivalencia. En cambio, cuando las representaciones no pueden integrarse, pueden permanecer relativamente separadas: pareja buena / pareja dañina; madre amorosa / madre que abandonó; relación maravillosa / relación insoportable. La persona puede desplazarse entre ambas experiencias sin conseguir reunirlas en una representación suficientemente amplia.

El malestar como señal de una contradicción no integrada

No toda contradicción produce necesariamente sufrimiento. Podemos vivir con ambivalencias y contradicciones cotidianas. Pero determinadas contradicciones afectan a representaciones centrales de nosotros mismos, de los demás o de nuestros vínculos. Cuando dos experiencias significativas no pueden integrarse, puede aparecer ansiedad, confusión, oscilación emocional, necesidad de justificar, búsqueda constante de explicaciones o sensación de estar dividido entre dos versiones de la realidad. Desde esta perspectiva, el malestar puede ser entendido no solamente como algo que hay que eliminar, sino también como una señal de que dos aspectos de la experiencia están intentando encontrar una forma de integración.

La mirada cognitivo-conductual:

Cuando la motivación interviene en el pensamiento La perspectiva cognitivo-conductual permite aproximarnos al mismo fenómeno desde otro lenguaje. Leon Festinger mostró cómo la coexistencia de cogniciones incompatibles puede generar disonancia cognitiva, y cómo las personas pueden modificar cogniciones o interpretaciones para reducir esa tensión. Su teoría, publicada originalmente en 1957, se convirtió en uno de los marcos fundamentales para estudiar estos procesos. Posteriormente, la investigación sobre razonamiento motivado ha mostrado cómo nuestros objetivos y deseos pueden influir en la manera en que buscamos, evaluamos y utilizamos información. Ziva Kunda propuso que la motivación puede influir en procesos cognitivos relacionados con el acceso, la construcción y la evaluación de creencias. Cuando queremos llegar a una determinada conclusión, podemos utilizar razonamientos que hagan posible llegar a ella, siempre que encontremos justificaciones que nos resulten suficientemente plausibles. Desde esta perspectiva, podríamos observar el autoengaño a través de procesos como: atención selectiva → interpretación sesgada → búsqueda de confirmación → justificación → mantenimiento de la creencia. Esta mirada permite establecer un puente interesante con la perspectiva psicoanalítica.

Dos lenguajes para un fenómeno complejo

Desde el psicoanálisis se puede preguntar: “¿Qué realidad resulta demasiado amenazante para ser reconocida plenamente?” Desde la perspectiva cognitivo-conductual se puede preguntar: “¿Qué procesos de atención, interpretación, memoria y razonamiento están contribuyendo a mantener determinada creencia?” No son necesariamente preguntas incompatibles. Una busca comprender especialmente la función y el significado psíquico del fenómeno. La otra permite estudiar los procesos mediante los cuales se mantiene la representación. Podríamos decir, simplificando mucho, que una perspectiva pregunta: “¿Para qué necesito creer esto?”, mientras la otra pregunta: “¿Cómo consigo mantener esta creencia frente a la evidencia que la contradice?”.

Negación, autoengaño y… “sé que…, pero…”

Tal vez una de las expresiones más reveladoras del autoengaño sea: “Sé que..., pero...” “Sé que mi pareja no está disponible afectivamente, pero me quiere.” “Sé que mi madre no pudo estar para mí, pero hizo lo que pudo.” “Sé que esta relación me hace daño, pero cuando estamos bien somos maravillosos.” El “pero” no demuestra que exista autoengaño. Puede expresar simplemente ambivalencia. Pero puede convertirse en una puerta de entrada clínica cuando permite observar que dos verdades están presentes y, sin embargo, no consiguen integrarse. La cuestión terapéutica entonces no sería: “¿Cuál de las dos es la verdadera?”, sino: “¿Qué ocurre si podemos reconocer que ambas forman parte de tu experiencia?”

Del desmontaje del autoengaño a la integración

Quizá por eso el objetivo terapéutico no debería ser simplemente “desmontar el autoengaño”. Si una representación ha cumplido durante años una función protectora, atacarla directamente puede dejar a la persona sin los recursos psíquicos que le permitían sostenerse. Puede ser más útil favorecer progresivamente una representación más compleja. Pasar de: “Es bueno o es malo.” a: “Puede quererme y hacerme daño.” De: “Mi madre me quiso o me abandonó.” a: “Mi madre pudo quererme y, al mismo tiempo, no pudo darme aquello que necesitaba.” De: “Mi relación es maravillosa o es un desastre.” a: “Hay aspectos de esta relación que valoro profundamente y otros que necesito cuestionar.” La integración no elimina necesariamente la contradicción. La hace pensable. Y quizá esa sea una de las funciones más profundas de la psicoterapia: ayudar a que aquello que antes necesitaba permanecer separado pueda comenzar a coexistir dentro de una representación más amplia de la propia experiencia.

Una hipótesis para cerrar

Podríamos pensar entonces el autoengaño no como una simple mentira dirigida hacia uno mismo, ni como un mecanismo de defensa aislado. Es más bien un fenómeno complejo de construcción de significado, en el que necesidades afectivas, defensas y procesos cognitivos pueden intervenir para preservar determinadas representaciones de uno mismo, del otro o de la realidad. A veces dos verdades permanecen separadas porque encontrarlas resulta demasiado doloroso. Y quizá el sufrimiento comienza precisamente cuando las dos empiezan a buscarse. La tarea terapéutica no consiste necesariamente en decidir cuál debe desaparecer. Consiste en ayudar a que puedan encontrarse.

Si te has reconocido en estas páginas

Si al leer sobre el autoengaño has reconocido aspectos de tu propia experiencia, de tus relaciones o de alguna dificultad que llevas tiempo intentando comprender, puede ser útil no enfrentarte a ello en soledad. Buscar el acompañamiento de un profesional de la psicoterapia puede ofrecer un espacio seguro para explorar esas contradicciones, comprender qué función cumplen y encontrar una manera más integrada de relacionarte con tu propia experiencia. Pedir ayuda no significa que haya algo “mal” en ti. A veces significa simplemente que aquello que durante mucho tiempo te ayudó a sostenerte necesita ahora ser comprendido desde otro lugar.

Referencias bibliográficas

Fernández Acevedo, G. (2018). El autoengaño: Anatomía de una pasión humana. Buenos Aires: Editorial SADAF. Mele, A. R. (2001). Self-Deception Unmasked. Princeton: Princeton University Press. Kunda, Z. (1990). The Case for Motivated Reasoning. Psychological Bulletin, 108(3), 480–498. https://doi.org/10.1037/0033-2909.108.3.480 Festinger, L. (1957). A Theory of Cognitive Dissonance. Stanford: Stanford University Press.

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