Consumo problemático: cuando una sustancia ocupa el lugar de la palabra
Una mirada psicoanalítica sobre aquello que intentamos calmar, silenciar o sostener mediante el consumo
María Elena Custidiano Maidana
8/9/20267 min read


A veces empieza como algo que ayuda. Una copa para relajarse. Una sustancia para sentirse más seguro, poder dormir, rendir más o dejar de pensar durante unas horas. Al principio, parece una elección: algo que se busca para modificar un estado de ánimo, acompañar un encuentro o aliviar un momento difícil.
Pero, poco a poco, esa solución puede empezar a ocupar demasiado espacio.
La persona se descubre esperando el momento de consumir, organizando sus planes alrededor de ello o repitiéndose que esta será la última vez. Aparecen discusiones, ocultamientos, culpa o preocupación. Sin embargo, incluso cuando las consecuencias son evidentes, dejarlo no resulta tan sencillo como se imaginaba.
¿Por qué insistimos en algo que también nos hace sufrir? ¿Qué lugar llega a ocupar el consumo en la vida de una persona? ¿Y qué puede aportar una terapia de orientación psicoanalítica?
¿Cuándo un consumo se vuelve problemático?
No todo consumo implica una adicción, y no existe una única cantidad capaz de explicar lo que le ocurre a todo el mundo. La frecuencia y la cantidad importan, especialmente para valorar los riesgos físicos, pero no cuentan por sí solas toda la historia.
También conviene preguntarse qué relación se ha establecido con la sustancia. Un consumo comienza a ser problemático cuando deja de ser una posibilidad entre otras y se convierte en un recurso cada vez más necesario: para calmarse, relacionarse, trabajar, disfrutar, dormir o soportar el día.
El problema no se reconoce únicamente en cuánto se consume. También aparece cuando se reduce la libertad para elegir, cuando la vida empieza a estrecharse alrededor de ese acto y cuando aquello que antes proporcionaba alivio termina generando más malestar del que consigue apagar.
¿Qué problema intenta resolver el consumo?
La primera pregunta no es quién tiene la culpa ni por qué la persona no demuestra más fuerza de voluntad. Se trata de comprender qué función cumple el consumo en esa vida singular.
Para alguien puede ser una manera de disminuir la ansiedad. Para otra persona, un modo de sentirse menos inhibida frente a los demás. También puede servir para acallar pensamientos insistentes, adormecer una tristeza, evitar una sensación de vacío o escapar, aunque sea por un momento, de exigencias que parecen imposibles de satisfacer.
Esto permite comprender una paradoja importante: antes de convertirse en un problema, el consumo suele haber funcionado como una solución. Una solución precaria, costosa y destinada a fallar, pero una solución al fin. Reconocerlo no significa justificar sus consecuencias. Significa dejar de mirar únicamente la sustancia para empezar a escuchar el sufrimiento al que esa sustancia responde.
Si solo se retira aquello que calmaba el malestar, pero no se trabaja lo que hacía necesario ese alivio, la persona puede sentirse frente al mismo dolor y con menos recursos para soportarlo.
Del alivio a la repetición
El efecto del consumo es transitorio. Cuando desaparece, aquello que se intentaba evitar puede regresar acompañado de culpa, vergüenza, conflictos o miedo a haber perdido el control. Entonces surge la tentación de consumir nuevamente para alejar, también por un rato, ese nuevo malestar.
Se va formando así un circuito que se repite: tensión, consumo, alivio y vuelta de la tensión. Con el tiempo, la persona puede dejar de consumir para sentirse bien y empezar a hacerlo para no sentirse peor.
El psicoanálisis presta especial atención a estas repeticiones. Sigmund Freud observó que los seres humanos no siempre nos dirigimos hacia aquello que conscientemente sabemos que nos conviene. En ocasiones repetimos formas de satisfacción que también producen sufrimiento.
Para nombrar esta experiencia, el psicoanálisis utiliza el concepto de goce. No se refiere simplemente a disfrutar. Describe algo más contradictorio: una satisfacción a la que el sujeto permanece ligado incluso cuando ya no resulta placentera y tiene consecuencias dolorosas. Esta idea ayuda a entender por qué la información, las promesas o la voluntad pueden no ser suficientes para interrumpir un consumo.
“Lo dejo cuando quiera”: la ilusión de control
Muchas personas tardan en pedir ayuda porque conservan la convicción de que todavía controlan la situación. Se fijan límites, establecen fechas o se prometen que no volverá a ocurrir. A veces consiguen sostenerlos durante un tiempo; otras, la urgencia se impone de nuevo.
En ese vaivén aparece un conflicto difícil de reconocer: una parte quiere detenerse y otra sigue encontrando en el consumo algo a lo que no sabe cómo renunciar. No se trata simplemente de que la persona mienta o no quiera cambiar. Sus propias contradicciones muestran que hay algo de su conducta que no domina por completo.
La vergüenza puede intensificar este conflicto. Cuando cada recaída se vive como una prueba de debilidad, es frecuente ocultar lo ocurrido, alejarse de quienes podrían ayudar o abandonar un tratamiento por temor a decepcionar. El secreto protege momentáneamente de la mirada ajena, pero también deja a la persona más sola con el problema.
Por eso, una escucha terapéutica no debería reducir a nadie a una etiqueta. Decir “tengo un problema con el consumo” no es lo mismo que sentir que toda la identidad ha quedado resumida en “soy un adicto”. Una persona es siempre más que el síntoma por el que consulta.
El consumo también habla de nuestra época
Aunque cada historia es única, el consumo no ocurre fuera de la sociedad. Vivimos en una cultura que ofrece respuestas rápidas para casi todo y que deja poco espacio para la espera, la incertidumbre o el malestar. Se espera que podamos rendir, disfrutar, relacionarnos y seguir adelante sin detenernos demasiado.
En ese contexto, cualquier objeto que prometa un cambio inmediato del estado de ánimo puede adquirir un enorme poder. No crea por sí solo el sufrimiento de una persona, pero puede presentarse como una salida disponible cuando faltan palabras, vínculos o tiempo para elaborar lo que ocurre.
Pensar el consumo como un síntoma de la época no elimina la responsabilidad individual. Permite situarla de otra manera: no como culpa, sino como la posibilidad de preguntarse qué participación tiene cada persona en aquello que le sucede y qué decisiones puede empezar a construir con ayuda.
Cuando el acto puede empezar a transformarse en palabra
En ocasiones, se consume allí donde todavía no se puede hablar. La angustia se descarga en un acto antes de que la persona consiga reconocer qué siente, relacionarlo con su historia o dirigir una demanda a alguien.
El trabajo psicoanalítico ofrece un espacio para que aquello que aparece como una urgencia pueda ir adquiriendo palabras. No se trata de interrogar a la persona hasta obtener una confesión, de buscar un trauma que lo explique todo ni de imponerle una interpretación sobre su vida. Se trata de escuchar cómo cuenta su experiencia, qué se repite, qué situaciones anteceden al consumo y qué cambia, por unos instantes, después de consumir.
A medida que se construye ese relato, pueden aparecer preguntas nuevas: ¿qué se vuelve insoportable justo antes?, ¿qué pensamiento necesita ser silenciado?, ¿qué vínculo o pérdida está en juego?, ¿qué permite hacer la sustancia que sin ella parece imposible?
Poder formular estas preguntas ya introduce una diferencia. El consumo deja de ser un acto incomprensible que simplemente “sucede” y comienza a inscribirse en una historia. Allí donde antes había una respuesta automática puede abrirse, poco a poco, un margen para elegir.
¿Qué puede ofrecer una terapia de orientación psicoanalítica?
La terapia no promete una solución inmediata ni convierte la abstinencia en una prueba moral. Busca que la persona pueda comprender la función de su consumo, reconocer sus desencadenantes y construir otras formas de relacionarse con el malestar.
Durante el proceso puede ser posible:
identificar qué emociones, situaciones o vínculos preceden a la urgencia de consumir;
escuchar las contradicciones sin reducirlas a una supuesta falta de voluntad;
trabajar la culpa y la vergüenza que alimentan el aislamiento;
reconocer las repeticiones que sostienen el consumo;
recuperar intereses, vínculos y proyectos que fueron quedando desplazados;
construir recursos más propios para atravesar la angustia, la frustración o el vacío.
Cada situación requiere una valoración particular. Cuando existen riesgos físicos, dependencia o un deterioro importante, la psicoterapia puede necesitar integrarse con atención médica, psiquiátrica o con dispositivos especializados en adicciones. Pedir esa ayuda no invalida el trabajo subjetivo: puede ser una condición necesaria para hacerlo posible.
No hace falta tocar fondo para consultar
Una consulta puede ser útil antes de que el consumo haya arrasado con todo. Conviene pedir ayuda si notas que:
necesitas consumir para sentirte bien, calmarte, dormir o relacionarte;
piensas cada vez más en cuándo podrás volver a hacerlo;
has intentado reducir o detener el consumo y no has podido sostenerlo;
ocultas, minimizas o mientes sobre lo que consumes;
tus vínculos, tu trabajo, tu economía o tu salud se están viendo afectados;
sientes culpa o vergüenza después de consumir, pero el circuito vuelve a repetirse;
alguien cercano ha expresado preocupación;
simplemente sientes que algo de esta relación ya no te permite vivir como deseas.
Consultar no obliga a tener todas las respuestas ni a llegar con una decisión definitiva. A veces, el primer paso consiste precisamente en poder hablar de la ambivalencia: querer cambiar y, al mismo tiempo, no saber todavía cómo renunciar a aquello que ha servido para sostenerse.
Un lugar para escuchar lo que el consumo intenta decir
Detrás de un consumo problemático no hay una historia idéntica a otra. Por eso, el objetivo no es aplicar una explicación universal, sino descubrir qué significa ese consumo para esa persona y qué malestar ha quedado enlazado a él.
Cuando el acto empieza a transformarse en palabra, el consumo puede dejar de ser la única respuesta disponible. La terapia abre un espacio para recuperar una posición más propia frente a lo que ocurre: no la de quien controla todo, sino la de quien puede reconocer sus límites, pedir ayuda y participar en la construcción de una vida menos gobernada por la urgencia.
Si te has reconocido en alguna parte de este texto, puedes visitar la sección Profesionales de Tempo Terapéutico. Podemos orientarte para encontrar una psicóloga o psicoanalista con quien empezar a hablar de lo que te está pasando, respetando tu tiempo y la singularidad de tu historia.
Referencias
Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. Obras completas. Amorrortu Editores.
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras completas. Amorrortu Editores.
Le Poulichet, S. (1996). Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo. Amorrortu Editores.
Recalcati, M. (2008). Clínica del vacío. Anorexias, dependencias, psicosis. Editorial Síntesis.
Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro. Siglo XXI Editores.
Nota sobre el proceso de elaboración: Para la elaboración de este artículo, la organización de las referencias bibliográficas y la creación de la imagen se han utilizado herramientas de inteligencia artificial como apoyo. Todo el contenido ha sido revisado, contrastado y supervisado detalladamente por su autora, psicoanalista, quien asume la responsabilidad profesional sobre la versión final publicada.

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