Cuando el estrés se disfraza de desamor

Muchas personas llegan a consulta convencidas de que el amor ha desaparecido. Sin embargo, cuando exploramos lo que está ocurriendo podemos encontrar meses o años de estrés laboral, problemas económicos, cuidado de familiares, falta de sueño o una carga mental constante.

Luz María García Sampén

7/5/20267 min read

Cuando el cerebro permanece en modo supervivencia, deja de invertir energía en el vínculo.

La persona puede parecer fría, distante, irritable o indiferente. Ya no busca abrazos, no tiene ganas de conversar, evita el contacto y parece que ha dejado de querer. Pero muchas veces no ha dejado de amar, simplemente no le quedan recursos emocionales para demostrarlo.

El organismo interpreta que existe una amenaza.

Y cuando el cerebro cree que hay peligro, deja de invertir energía en funciones que no considera esenciales para sobrevivir.

Por eso disminuyen la capacidad de disfrutar, la paciencia, la ternura, el deseo, la empatía y la conexión emocional.

La corteza prefrontal —la parte del cerebro que nos ayuda a comprender al otro, regular nuestras emociones y responder con calma— pierde eficacia.

Mientras tanto, la amígdala cerebral permanece en alerta, reaccionando con mayor intensidad ante pequeños conflictos.

No es que el amor desaparezca. Es que el cerebro deja de tener recursos para expresarlo.

El hipotálamo detecta el peligro el cual envía una señal a la hipófisis que es como una centralita y se defiende estimulando a las glándulas suprarrenales para que estas liberen el cortisol que es la principal hormona del estrés. Este cortisol es muy útil al principio durante un tiempo corto aumenta la energía disponible en nosotros, nos mantiene en estado de alerta y prepara al organismo para afrontar una situación difícil

Uno deja de abrazar.

El otro deja de sentirse querido.

Uno habla menos.

El otro piensa que ya no importa.

Uno solo necesita descansar.

El otro siente que lo están rechazando.

Así comienza un círculo de distancia emocional.

No porque haya desaparecido el amor.

Sino porque ambos empiezan a interpretar el agotamiento como falta de sentimientos.

Y cuanto más miedo tienen a perderse, más se protegen… y menos conectan.

El silencio sustituye a las caricias.

Las discusiones sustituyen a las conversaciones.

Y la supervivencia ocupa el lugar donde antes vivía el vínculo.

Daniel Siegel explica que el cerebro funciona como un sistema integrado. Cuando estamos regulados, existe una buena comunicación entre la corteza prefrontal, el sistema límbico y el resto del organismo.

Pero cuando el sistema nervioso detecta una amenaza mantenida, esa integración disminuye.

La corteza prefrontal —que nos permite empatizar, reflexionar, regular emociones, mentalizar y comprender al otro— pierde eficiencia.

Mientras tanto, las estructuras más primitivas relacionadas con la supervivencia toman el control.

Siegel habla de perder la capacidad de "mindsight", es decir, la capacidad de comprender la propia mente y la de la otra persona.

En una pareja esto significa:

  • Interpretamos peor las intenciones del otro.

  • Tenemos menos empatía.

  • Reaccionamos más y reflexionamos menos.

  • Nos sentimos solos incluso estando acompañados.

Una frase muy representativa de Siegel es:

"La integración es la base de la salud mental."

Cuando el estrés rompe esa integración, la conexión con la pareja también puede deteriorarse.

Stephen Porges: primero seguridad, después amor

La Teoría Polivagal de Stephen Porges probablemente sea una de las mejores explicaciones neurofisiológicas de por qué muchas parejas dejan de sentirse conectadas.

Porges sostiene que nuestro sistema nervioso se pregunta continuamente:

"¿Estoy seguro o estoy en peligro?"

Si la respuesta es "estoy seguro", se activa el sistema vagal ventral.

Entonces aparecen:

  • la mirada cálida,

  • la sonrisa,

  • la escucha,

  • el afecto,

  • el deseo de conversar,

  • la capacidad de abrazar.

Pero cuando el organismo percibe amenaza constante (estrés laboral, enfermedad, problemas económicos, sobrecarga familiar...), el sistema cambia automáticamente.

Ya no busca vincularse.

Busca sobrevivir.

Por eso muchas personas dicen:

"No sé qué me pasa; quiero querer, pero no me sale."

No es falta de amor.

Es un sistema nervioso que todavía no percibe suficiente seguridad

. Robert Sapolsky: el estrés cambia la forma de relacionarnos

Sapolsky explica que el estrés agudo salva vidas.

Pero el estrés crónico cambia nuestro cerebro.

Reduce la flexibilidad psicológica.

Aumenta la irritabilidad.

Favorece interpretaciones negativas.

Nos hace reaccionar antes de pensar.

Y eso tiene enormes consecuencias en la pareja.

Porque cuando uno responde desde la supervivencia, el otro suele interpretar esa conducta como desamor.

John Gottman: muchas parejas creen que el problema es el amor

John Gottman lleva más de cuatro décadas investigando miles de parejas.

Una de sus grandes aportaciones es demostrar que muchas relaciones no fracasan porque desaparezca el amor.

Fracasan porque la conexión emocional se deteriora poco a poco.

Él describe cómo el estrés diario hace que dejemos de responder a las pequeñas llamadas de conexión que la pareja nos hace constantemente.

Una mirada.

Una pregunta.

Un comentario.

Una sonrisa.

Lo que Gottman denomina "bid for connection" (intento de conexión).

Cuando estas pequeñas oportunidades dejan de responderse durante meses, aparece la sensación de distancia.

Y ambos concluyen:

"Ya no nos queremos."

Cuando, en realidad, llevan mucho tiempo sin sentirse emocionalmente disponibles.

Sue Johnson: el problema no es discutir

Sue Johnson insiste en que el conflicto no destruye una pareja.

Lo que destruye una pareja es sentir que el otro ya no está emocionalmente disponible.

Ella resume la necesidad humana con una pregunta muy sencilla:

"¿Estás ahí para mí?"

Cuando el estrés invade la vida cotidiana, muchas personas dejan de responder emocionalmente a esa pregunta.

No porque no amen.

Sino porque están completamente desbordadas.

¿Qué podemos hacer cuando sospechamos que el estrés está apagando la relación?

La buena noticia es que el cerebro es plástico. El sistema nervioso puede volver a regularse. Y cuando recupera la sensación de seguridad, muchas capacidades que parecían perdidas vuelven a aparecer: la empatía, el deseo de conversar, el afecto, la paciencia e incluso el deseo sexual.

La terapia no consiste únicamente en enseñar a comunicarse mejor.

Antes de eso, muchas veces es necesario ayudar al sistema nervioso a salir del modo supervivencia.

Como explica Stephen Porges, un sistema nervioso que percibe amenaza no puede establecer una conexión profunda. Y Daniel Siegel añade que solo cuando recuperamos la integración cerebral podemos volver a comprendernos a nosotros mismos y a quienes amamos.

Por eso, una de las primeras preguntas que suelo plantear en consulta no es:

"¿Os queréis?"

Sino:

"¿Cómo está vuestro sistema nervioso?"

Porque una pareja puede estar profundamente enamorada y, al mismo tiempo, vivir completamente desconectada debido al agotamiento.

Un ejercicio para empezar

Cada miembro de la pareja responde por separado a estas preguntas:

  • ¿Cómo llega mi cuerpo al final del día?

  • ¿Estoy viviendo o simplemente sobreviviendo?

  • ¿Cuánto tiempo hace que no descanso de verdad?

  • ¿Qué preocupaciones ocupan mi mente desde que me levanto hasta que me acuesto?

  • ¿Tengo energía para cuidar de mí mismo?

  • Si no tengo energía para mí, ¿cómo voy a tenerla para cuidar el vínculo?

Muchas personas descubren algo sorprendente:

No habían dejado de amar. Habían dejado de tener recursos emocionales.

Después viene una segunda reflexión

En lugar de preguntarnos:

"¿Qué le pasa a mi pareja?"

Podemos cambiar la pregunta por otra mucho más útil:

  • ¿Qué carga está sosteniendo en silencio?

  • ¿Qué miedo puede haber detrás de su distancia?

  • ¿Qué necesita hoy de mí para sentirse seguro?

  • ¿Cómo puedo acercarme sin exigirle más de lo que ahora puede dar?

Ese cambio de perspectiva reduce la culpabilización y aumenta la comprensión mutua.

Recuperar los pequeños gestos

John Gottman ha demostrado que las parejas no se fortalecen gracias a grandes acontecimientos.

Se fortalecen gracias a miles de pequeños momentos cotidianos.

Una mirada.

Un "¿cómo estás?"

Una mano sobre el hombro.

Un abrazo de veinte segundos.

Cinco minutos sin teléfonos.

Preguntar cómo ha ido el día… y escuchar de verdad.

El cerebro necesita repetir experiencias de seguridad para volver a confiar.

No hacen falta gestos extraordinarios.

Hace falta constancia.

Reducir el estrés compartido

Muchas parejas intentan solucionar su relación sin reducir aquello que la está enfermando.

Y eso es como intentar curar una herida mientras seguimos rozándola continuamente.

Conviene preguntarse:

  • ¿Qué podemos simplificar durante unas semanas?

  • ¿Qué responsabilidades podemos compartir mejor?

  • ¿Qué podemos dejar de hacer porque no es realmente importante?

  • ¿Estamos dedicando toda nuestra energía al trabajo y ninguna a la relación?

El objetivo no es hacer más.

Es dejar espacio para volver a encontrarse.

Aprender a reparar

Todas las parejas discuten.

La diferencia no está en discutir o no.

La diferencia está en saber reparar.

Reparar significa decir:

  • "Entiendo que te he hecho daño."

  • "No era esa mi intención."

  • "Vamos a empezar otra vez."

  • "Ayúdame a entender cómo lo has vivido."

Las parejas emocionalmente seguras no son las que nunca se equivocan.

Son las que saben volver a encontrarse después del conflicto.

Una pregunta que puede cambiar una conversación

En lugar de preguntar:

"¿Todavía me quieres?"

Prueba con esta otra:

"¿Cómo puedo ayudarte a sentirte menos solo en todo lo que estás viviendo?"

Porque muchas veces la necesidad más profunda no es recibir una demostración de amor.

Es sentir que alguien camina a nuestro lado.

El mensaje que nunca deberíamos olvidar

Cuando dos personas llevan meses o años sobreviviendo, el cerebro deja de priorizar el vínculo.

Pero eso no significa necesariamente que el amor haya desaparecido.

Significa que el sistema nervioso necesita recuperar la calma para volver a hacer aquello para lo que también fue diseñado:

Conectar.

Y quizá esa sea una de las preguntas más importantes antes de dar una relación por perdida:

¿Estamos dejando de querernos... o llevamos demasiado tiempo dejando de cuidarnos?

Creo que hay una idea que puede convertirse en el corazón de este artículo y que resume la evidencia científica y la experiencia clínica:

Quizá el mayor error que cometemos sea intentar medir el amor cuando lo que está enfermo es el sistema nervioso.

Nadie puede ofrecer calma cuando vive en alerta constante.

Nadie puede regalar presencia cuando apenas consigue sostenerse a sí mismo.

Nadie puede conectar profundamente cuando su cerebro lleva meses convencido de que sobrevivir es más urgente que amar.

La terapia no consiste únicamente en enseñar a las parejas a comunicarse mejor.

Consiste en ayudar a que dos sistemas nerviosos, agotados por la vida, vuelvan a sentirse lo suficientemente seguros como para recordar quiénes eran antes del miedo, del estrés y del cansancio.

Porque el amor no siempre desaparece.

A veces queda sepultado bajo el peso de una vida que se volvió demasiado difícil de sostener.

Y cuando la seguridad regresa, muchas parejas descubren que no necesitaban volver a enamorarse. Solo necesitaban volver a encontrarse.

"No tomes una decisión definitiva sobre una relación mientras tu sistema nervioso siga viviendo en modo supervivencia. El estrés puede hacerte sentir que el amor ha desaparecido, cuando lo que realmente ha desaparecido es la capacidad de percibirlo y expresarlo."

"A veces no es la relación la que necesita terminar; es el estado de supervivencia el que necesita terminar para que la relación pueda volver a respirar."

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