Trauma, apego y adicciones

Cuando el problema no es la sustancia, sino el dolor que intenta aliviar

Elisa Fernández

7/19/20265 min read

Cuando pensamos en una adicción, nuestra atención suele dirigirse inmediatamente hacia aquello que la persona consume o hace de manera compulsiva: alcohol, cocaína, cannabis, juego, compras, pornografía o incluso el uso del teléfono móvil. Sin embargo, desde la psicología sabemos que poner el foco únicamente en la sustancia o en la conducta es quedarse en la superficie del problema.

Las adicciones rara vez aparecen por casualidad. Tampoco son simplemente una cuestión de falta de fuerza de voluntad o de escaso autocontrol. En la mayoría de los casos, cumplen una función muy concreta: ayudar a la persona a regular un malestar emocional que, por diferentes motivos, no sabe o no puede gestionar de otra manera.

Por eso, cuando en terapia preguntamos "¿por qué consume?", muchas veces la pregunta más útil termina siendo otra muy distinta: "¿qué consigue cuando consume?"

La respuesta suele encontrarse mucho antes de que apareciera la primera copa, la primera apuesta o la primera droga. Suele estar en la historia de la persona, en la forma en la que aprendió a relacionarse consigo misma y con los demás.

No es casualidad que numerosas investigaciones hayan encontrado una estrecha relación entre trauma, estilos de apego inseguros y adicciones. De hecho, diferentes estudios estiman que entre la mitad y dos tercios de las personas que desarrollan un trastorno por consumo de sustancias han vivido experiencias traumáticas significativas, especialmente durante la infancia o la adolescencia. Asimismo, los estilos de apego inseguros aparecen con mucha mayor frecuencia en personas con problemas de adicción que en la población general.

Estos datos nos ayudan a comprender algo fundamental: muchas veces la adicción no es el origen del sufrimiento, sino una consecuencia de él.

Desde que nacemos necesitamos de otras personas para aprender a regular nuestras emociones. Un bebé no sabe tranquilizarse solo. Cuando tiene miedo, llora; cuando siente dolor, busca a quien le cuide; cuando se desborda, necesita que alguien le ayude a volver a sentirse seguro.

A través de miles de estas pequeñas experiencias cotidianas vamos desarrollando una capacidad que más tarde damos por hecha: la de calmarnos, tolerar el malestar y gestionar nuestras emociones.

Sin embargo, este aprendizaje depende en gran medida de cómo hayan respondido nuestros cuidadores. Cuando el entorno ha sido estable, predecible y emocionalmente disponible, solemos desarrollar un apego seguro. Aprendemos que podemos pedir ayuda cuando la necesitamos, que las emociones son manejables y que no estamos solos frente al malestar.

Pero no todas las historias comienzan así.

Hay personas que crecieron sin saber muy bien qué podían esperar de quienes les cuidaban. A veces recibían cariño y otras veces indiferencia. En ocasiones eran escuchadas y otras ignoradas. Esa incertidumbre hace que el sistema nervioso permanezca especialmente atento a cualquier señal de posible rechazo o abandono.

Con el paso de los años, muchas de estas personas desarrollan un apego ansioso. Son adultos que necesitan mucha confirmación afectiva, que viven las relaciones con miedo a perderlas y que experimentan una intensa ansiedad cuando sienten distancia o incertidumbre.

Cuando esa ansiedad resulta demasiado difícil de sostener, cualquier cosa que consiga reducirla rápidamente puede convertirse en una poderosa estrategia de regulación. El alcohol puede ayudar a relajarse. El cannabis puede disminuir la activación emocional. La comida puede aportar consuelo durante unos minutos. Incluso las redes sociales o la propia relación de pareja pueden convertirse en una fuente constante de alivio y validación.

En estos casos, la adicción no busca tanto el placer como la tranquilidad.

Otras personas, sin embargo, crecieron aprendiendo algo muy distinto. Descubrieron que expresar emociones no servía de mucho, que pedir ayuda era inútil o incluso peligroso. Poco a poco fueron desarrollando una enorme autosuficiencia, aprendiendo a desconectarse de sus propias necesidades emocionales.

Este patrón suele corresponder al apego evitativo.

Desde fuera pueden parecer personas muy independientes, con un gran control sobre sí mismas. Sin embargo, esa aparente fortaleza muchas veces esconde una dificultad para conectar con el propio mundo emocional.

Cuando sentir resulta incómodo, cualquier conducta que permita desconectar puede convertirse en una forma de anestesia. Es frecuente encontrar en estas personas un consumo más solitario, un uso excesivo del trabajo, de los videojuegos, de la pornografía o de otras actividades que permiten mantener la mente ocupada y evitar el contacto con aquello que duele.

No buscan tanto aliviar la ansiedad como dejar de sentir.

Existe también un tercer grupo de personas cuya historia ha estado marcada por experiencias mucho más complejas. Son quienes crecieron en entornos donde quienes debían protegerles también generaban miedo, violencia, imprevisibilidad o una profunda inseguridad emocional.

En estos casos hablamos con frecuencia de apego desorganizado y de trauma relacional.

El sistema nervioso aprende entonces a vivir en un estado permanente de alerta. Las emociones se vuelven muy intensas, aparecen dificultades para controlar los impulsos y la necesidad de aliviar rápidamente el malestar puede hacerse especialmente fuerte.

No resulta extraño que en estas historias encontremos consumos más impulsivos, policonsumo o una mayor facilidad para desarrollar también adicciones comportamentales como el juego, las compras compulsivas o determinadas conductas sexuales.

Más que buscar placer, la persona intenta desesperadamente dejar de sufrir.

Por eso hoy sabemos que no todas las personas desarrollan la misma adicción. La elección de una sustancia o de una conducta suele guardar relación con aquello que el sistema nervioso necesita regular.

Hay quienes buscan bajar la activación porque viven con ansiedad constante. Otros necesitan activarse porque conviven con un profundo vacío emocional. Algunos intentan desconectarse de recuerdos dolorosos y otros buscan, aunque solo sea durante unos minutos, experimentar una sensación de seguridad que nunca encontraron en sus relaciones.

Vista desde esta perspectiva, la adicción deja de parecer un comportamiento irracional para convertirse en un intento de supervivencia emocional.

Esto no significa minimizar sus consecuencias ni justificar el consumo. Las adicciones generan un enorme sufrimiento tanto en quien las padece como en su entorno. Sin embargo, comprender cuál es la función que cumplen permite abordarlas desde un lugar mucho más profundo y eficaz.

Porque dejar una sustancia sin trabajar aquello que estaba regulando suele ser como quitar un analgésico sin tratar la causa del dolor.

Por eso, en la actualidad, cada vez más modelos terapéuticos entienden que el tratamiento de las adicciones no puede limitarse a eliminar la conducta. Es necesario ayudar a la persona a desarrollar nuevas formas de regular sus emociones, revisar los patrones de apego que siguen influyendo en sus relaciones y, cuando existe trauma, procesar aquellas experiencias que continúan activando el sistema nervioso años después de haber ocurrido.

La buena noticia es que el cerebro mantiene una enorme capacidad de cambio durante toda la vida. El apego no es una sentencia definitiva y las heridas emocionales pueden repararse cuando la persona encuentra un espacio seguro donde comprender su historia, desarrollar nuevos recursos y construir relaciones diferentes.

En Tempo Terapéutico entendemos que detrás de una adicción siempre hay una historia que merece ser escuchada. Nuestro trabajo no consiste únicamente en ayudar a que una persona deje de consumir o abandone una conducta compulsiva, sino en acompañarla a descubrir qué necesidad estaba intentando cubrir, de dónde nace ese sufrimiento y cómo puede aprender, poco a poco, a regularse de una manera más sana y libre.

Porque cuando se trata el origen del problema y no solo sus síntomas, el cambio deja de ser una lucha constante para convertirse en un verdadero proceso de transformación.

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